2/24/2009

Volumen 2 (Capítulo 6)

Capítulo 6: Un Día De Silencio

























































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2/19/2009

Volumen 2 (Capítulo 5)

Capítulo 5: Trece Imágenes De La Mente Enferma (3ra Parte: La Causa)

"La muerte es sólo la iluminación de nuestros cartílagos" -Beto F.

Imagen Decimo Primera

Corría como nunca antes había logrado correr, estaba dejando todo atrás. Corría dentro del miro que lo llevaba, corría dentro de su cuerpo, corríadetro de su cabeza. Algo lo había espantado, algo lo hacía huir. Tomaban sus manos cosas que no entendía y clamaba poder, lloraba exclamaba algo se podría dentro de él sin siquier ahaber nacido y no era capas de abortarlo pues era conciente que era suyo.Esa sensación de muerte lo recorría por completo, dejaba atrás su zona, su hogar esos lugares donde se había sentido tan seguro. Nadie lo miraba porque a nadie le importaba y eso era la improtante por ahora porque ahora ya nada le impedía la liberación total. Y se sentía mal por pensar en eso, ya no tenía ninguna carga, estaba libre y la perdición abría los brazos. No significaban nada y ahora el centro de la ciudad le habría las piernas para recibirlo cálidamente en su útero celestino.

-Y eso es lo que tengo en la cabeza señor doctor -dijo Beto sonriente al hombre de blanco que lo observaba detrás de una cartilla.
- Aparentemente el hipocampo está sanando del trauma lenatemente, le tendremos en observación...
Ya no le importaba había logrado entender la historia y solo quería encontrar a Vania, que lo ayude a recordar. Y le ayudó, en cierta forma.

Imagen Decimo Segunda

Caminaba con flores en la mano por un sitio que nunca había recorrido ni le hubiera gustado recorrer en ningún momento. Detestaba los cementerios y tuvo un muy mal presentimiento. Entendió todo repentinamente y quizo alejar su cuerpo de ese lugar pero estaba esclavizado a los movimeintos de su recuerdo. Se arrodilló en un tumba y leyó:

Vania Ginebra de la Torre Olmedo de Fiazko

Puso las flores en el recipiente y se arrodilló entre esa tumba y la otra. ¿Cuál Otra? Al voltear la cabeza leyó:

Liliana Mercedes Trotzo de Soria de Fiazko


Beto cayó al suelo del cuarto y empezó a gritar, a gritar como no había podido y agritar como se había reprimido por todos esos meses; porque el dolor debía lleagr y aunque lo bloqueo con todo y hasta sintió el peso desvaneciendose sobre su cabeza, con el peso de una pluma su soledad le rompió la cabeza.

Imagen Decimo Tercera

-Tu madre ha muerto Humberto, broncopulmonía fulminante.
Sentado ahí, solo quería quedarse sentado ahí y evitar que su cuerpo lo llevara a conocer más dolor.

Volumen 2 (Capítulo 4)

Capítulo 4: Trece Imágenes de la Mente Enferma (Parte 2: La Sociedad Desvelada)

“Creí que había perdido la magia, que había sido reemplazada por una madurez con sentido..” – Beto F.


La plaza San Martín se abría paso a través de la muchedumbre mientras él avanzaba, temeroso, por vagos recuerdos mentales que lo habían traído hasta ese lugar. Muchos rostros, anónimos, lo seguían con la mirada. ¿Lo reconocían?, ¿Lo conocían?, ¿Qué tenían para contar? El centro siempre se había impuesto sobre él como un gran misterio que pesaba más que cualquier otra pregunta existencial. La existencia de dios importaba tan poco frente al silencio nocturno de esas calles tan mancilladas. Sabía que había estado aquí, que había logrado entrar en ella, vivir su sueño; pero no recordaba absolutamente nada y esto lo frustraba aún más. Más que nunca antes, cuando sabía que no podía penetrar esa barrera, era frustrante saber que sabía y no recordaba.
-Fiazko
Volteó al escuchar su apellido pronunciado desde alguna alta ventana. Observaba a la oscuridad de un balcón donde un hombre sonreía contemplando el vacío.
Confundido continuó avanzando hasta que el sol alumbró sus ojos, obligado a salir de la sombra proyectada en la calle.

Reconocía el lugar de sus recuerdos, se proyectaba, tenue, en una esquina nada amigable y nada comparable con la escena maravillosa de la plaza. Mientras avanzaba un niño se le acercó.
-Beto, Beto. Volviste.
No supo que responderle al niño, solo atinó a sonreírle y seguir su camino. Mientras llegaba dos hombres asintieron con la cabeza en señal de saludo, de respeto; él los imitó.

Al llegar al local un signo extraño, tallado en la pared cerca a la puerta, captó su mirada. Era un círculo donde las letras LSD se mezclaban a manera barroca. Sintió el golpe repentino.

Imagen Séptima

- ¿Estás seguro que es aquí?
- Aquí dice el papel, además ya hay bastantes personas.
- El tipo es genial…
- Yo lo encontré en el hueco muchas veces, ahí fue cuando lo escuché hablar…
- Recitar…
- Tiene buena forma de decir las cosas.
- ¿Pero alguien entiende esto de LSD?
- Deben ser las iniciales de algo, ¿no?
- Ácido Lisérgico pues idiota…
- No creo que sea tan simple como una droga…
- Debe serlo.
- ¿Cuántos acá escriben?
- Yo.
- También.
- Asumo que todos entonces…
- Curiosa reunión.
Las voces entraban a través de la puerta pero el no creía nada de lo que escuchaba. A su derecha estaba la misma chica de siempre que lo observaba apasionadamente pero con algo de lástima, a su izquierda un tipo que también había visto en su recuerdo del bar. Era uno de los de la banda.
- Deberías salir ya…
- Solo un momento –sintió como las palabras salían de su boca y se alejó a un rincón con la muchacha de la mano.
La observó durante un buen rato y luego confesó:
-Tengo miedo.
Ella lo abrazó cálidamente, como una madre, y él se sintió más seguro.
-Esto es lo que querías, esto es lo que tienes. La Sociedad Desvelada eres tú y eres tú el que dice las cosas.
El sonrió. Ella entendía.
Salió por una puerta y vio a esas diez personas dándole la espalda.
-¿Creen que venga?
-Nos dijo que vengamos, ¿no?
- Creo que hemos venido a perder el tiempo.
- Es gracioso –dijo proyectando su voz sobre las demás –esto parece la reunión de los apóstoles.
Cayó el silencio.
-¿Y quién te eligió a ti de profeta?
- Hombre de poca fe –respondió él cargado de sarcasmo –no tientes al señor tu dios.
Muchos sonrieron.
- ¿Qué es LSD?
- La Sociedad Desvelada. Pero no desesperen. Esta ciudad aún puede esperar por nosotros.

Cuando abrió los ojos estaba echado en un mueble dentro del lugar que recordaba tan bien.
-Joven –dijo una voz- ¿está bien?
El hombre encargado del hostal sonreía, reconociéndolo.
-Rodriguito me ayudó a meterlo, lo encontré afuera tirado. ¿Está bien?
- Sí, gracias. Debo haberme desmayado. Hay tantas cosas que no recuerdo.
- ¿No me recuerda joven?
- Disculpe, no…
- Bueno joven, recuerda que usted vivió aquí… ¿no?
-Lo siento, no…
- ¿Recuerda a Rodriguito?
El niño que lo había saludado en la cale sonreía cerca al hombre. Beto movió la cabeza.
-¿A la sociedad?
El hombre atinó en un tema preciso que daba vueltas en su mente. Que era esa Sociedad desvelada, quienes eran, que habían hecho, como él había logrado hacer todo eso. Él no era así, él jamás había podido pararse frente a alguien a hablar; menos proclamarse como dios ante un grupo de desconocidos.
-Recuerdo algo, vagamente. Dígame, ¿Qué es ésta sociedad?
-Era joven…
- No entiendo…
-¿Recuerdas a Vania? –le preguntó el niño
Imagen Octava
La escena la había recordado antes, pero esta parecía ser la continuación. La chica que no conseguía recordar estaba parada en la puerta preguntándole si podía pasar y él intentaba esconder sus lágrimas.
-Sí claro, pasa.
- ¿Estás bien?
- Todo bien, sí. No tengo nada que ofrecerte aquí.
Ella sonrió.
-No tienes que ofrecerme nada, estoy bien así.
- Pasa, lo siento. Siéntate donde gustes.
Dijo esto siendo consciente que lo único cómodo ahí era la cama, por lo que se levantó de ella como cediéndole espacio. Ella se sentó en la ventana y encendió un cigarro.
-¿Fumas?
-No.
-Es mejor.
-Disculpa, pero no sé tu nombre…
- Vania.
-Laszlo.
-¿Laszlo?
-Humberto Laszlo.
-¿Qué más?
-Fiazko Trotzo.
-Me gusta tu nombre, es único.
-Es jodido.
-Jode si dejas que te joda.
-Tú eres Vania…
- Vania, nada más.
- ¿Eres de por aquí?
- Sí, ando siempre de sitio en sitio recorriendo lugares. Parece que me quedaré aquí un buen tiempo.
- ¿Alguna razón en particular? –preguntó él.
Ella sonrió.

Cuando abrió los ojos estaba en una cama de hospital. Un hombre vestido de blanco le hablaba y el solo veía como se movían sus labios por dos minutos
-¿Me escucha?
-…Sí.
-Le han traído a la clínica Ricardo Palma, al parecer tiene usted un seguro de accidentes aquí; necesito que me de su nombre
- Fiazko, Humberto…
- Muy bien señor Fiazko. Le diré que sus amigos fueron muy amables en traerlo aquí tiene usted una contusión cerebral en la zona del hipocampo. No es grave pero le recomendamos descansar y dejar de pensar tanto. ¿Consume drogas señor Fiazko?
-…No lo sé…
- Bueno, no es la primera vez que pasa, lo dejaré un momento debo ir a atender a otros pacientes. Cualquier problema que tenga las enfermeras lo ayudarán. Buenas tardes.
Y ahí estaba él. De nuevo internado. No detestaba los hospitales porque sentía que era el único sitio donde podía descansar. Pero había algo en el color de las paredes, algo leve que la hacía recordar a su madre. Su madre abandonada, que él había ido a visitar.
Imagen Novena

Salió por una ventana del micro y se alejó hasta llegar a una esquina. Unos cuantos salían del micro y ayudaban al chofer a salir. Vio que otro carro llegaba por el camino y subió. Sangre goteaba en su hombre pero el no se daba cuenta, o intentaba no darse cuenta. No sabía porque seguía pero algo le obligaba a llegar donde su madre.
Se bajó donde sabía que debía bajar y caminó entre los locos como uno más hasta llegar a la oficina del doctor.
Cuando abrió la puerta, el doctor lo miraba con lástima, movió los labios intentando decir algo, y fue ahí cuando se desmayó.

Pero cuando abrió los ojos para ver que no había abandonado su cama en la clínica, la sociedad desvelada cayó sobre él con el peso de todas sus acciones.

Imagen Décima

Fuego salía de un edificio alto. Habían escrito LSD por todos lados y nos cuantos se habían sentado a escribir lo que veían. El edificio estaba vacío, era solo un intento de captar la desgracia en su proporción mas sublime.
Cambio.
Todos estaban parados frente al Rímac observando como unos niños se bañaban en las orillas-
Cambio.
Los rodeaban mujeres. Los rodeaban gatos. Los rodeaba la droga.
El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría.
Poetas franceses reencarnados para traer maldición y magia. Arte con dolor. Fuego con agua.
Nada de lo que podemos decir o hacer va a ser determinado por nuestro cerebro. Llevamos pensando demasiado tiempo y no nos ha hecho bien. Somos rezago de humanidad, somos sobra de civilización, somos la carne que va a alimentar a los nuevos niños que vendrán luego de la extinción.
Fuego rodeaba la ciudad pero era solo una ilusión mientras el amaba a Vania como nunca antes.
Y unos cuantos escribían.
Otros pintaban.

Cuando abrió los ojos, sonrió.

8/22/2008

Volumen 2 (Capítulo 3)

Capitulo 3: Trece imágenes de la mente enferma (Parte 1: Revelaciones Urbanas)

“Soy todo un hombre: no puedo esperar a venderme… ” –Beto F.

Recordaba claramente haber despertado en un parque a las seis de la mañana cuando una señora se tropezó con él, confundido entre el grito de los vecinos se levantó y llegó al departamento para tumbarse en la cama. Mientras descansaba el martilleo en su cabeza con la almohada suave y fría intentó ubicarse bien en el momento, no recordaba nada hacía dos meses atrás (según el calendario era ya julio y lo último que recordaba era como se alejaba de la puerta de la universidad). Sentía miedo, pavor, confusión…

- La cagada –dijo mientras se miraba al espejo. Su nariz rota parecía haberse roto de nuevo y vuelta a ajustar pues ahora se notaban dos leves desviaciones (a pesar de eso podía respirar bien), su pelo le rozaba los hombros y había perdido la tonalidad oscura natural en él para ser reemplazada por leves pintadas de rojo oscuro, no tenía casi nada de piel en la cara (probablemente falta de comida), pero mantenía su piel limpiamente afeitada (probablemente porque a pesar de todo sabía que los cuatro pelos en el mentón no le sentaban para nada) y el reflejo que veía atentamente observándolo no era el que él recordaba. ¿Qué había hecho ahora?, ¿hasta dónde había llegado? Intentar recordar solo agravaba más su dolor de cabeza y la nausea que sentía era cada vez más constante.

Pero algo llegaba, una imagen. Una canción que venía de la calle lo estaba ayudando, happiness is a warm gun, recordaba esa canción en algún lugar de su cabeza y nada, nada de lo que había vivido, lo pudo preparar para el desencadenamiento de ideas que llegaron en ese momento.

Imagen Primera

Un hombre se elevaba entre el humo de cigarrillos que venía de un grupo de jóvenes que conversaban en la puerta de un bar, ¿el hombre se elevaba?, no caminaba entre el humo y él observaba atentamente la escena, la plasmaba en su recuerdo, tenía una libreta de notas y un lapicero en la mano y escribía ávidamente, leyó el título: Revelación Urbana #1. Diversas palabras se expandían a través de la hoja amarilla, era un poema. Volteó lentamente la cabeza y vio a tres prostitutas escondidas levemente por la oscuridad de la sombra de un balcón que se proyectaba a la calle; era el centro de Lima y no tenía idea de cómo había llegado ahí ni porque.
- Oye –le dijo el hombre que había visto al comienzo -¿quieres recordar?
Su sonrisa era putrefacta y en algún momento, entre el color verdoso de sus dientes y la carcajada de las prostitutas, sintió una mano que lo guiaba dentro del bar.

Algo confundido por lo que acababa de recordar se dio cuenta que estaba de cuclillas en el piso gritando de dolor (no era conciente que gritaba ni sentía el dolor, era como observar una película de alguien actuando tu vida). Mientras se revolcaba en el piso, ajeno a lo que lo rodeaba enlazó más ideas que seguían haciéndole la cabeza retumbar. Si recordaba le dolía, pero no le gustaban las lagunas mentales. La segunda imagen no tardó en llegar.

Imagen Segunda

Alguien tocaba una guitarra, bajo la mirada y se dio cuenta que era sus propias manos las que recorrían el instrumento. Mirando alrededor vió a tres personas más que lo observaban y le daban indicaciones mientras asentían sonrientes frente a lo que hacía. ¿Cuándo había pasado esto? Tocó su pelo con su mano y lo sintió cerca al cuello, un mes por lo menos desde la primera imagen; uno de los que lo observaban le alcanzó una cerveza que el aceptó.
- Creo que ya podemos empezar-le dijo- ¿compones?
Él sonrió como diciéndole “vas a ver lo que compongo” y fue a sentarse con ellos en una mesa que parecía salida de la nada. Una mujer lo observaba desde la puerta del lugar, el se levantó y ella lo cogió de la mano, era la misma suavidad que había sentido antes.
- No deberías estar aquí, no debes cerrarte –le dijo y él se enojó dándole la espalda y regresando a la calidez que le daba la cerveza y todo lo demás que ellos ofrecían.

Ahora cuando abrió los ojos vio que estaba cerca de un charco de vomito, le sorprendía haber vomitado puesto que no recordaba tener algo en el estómago. Alguien golpeaba la puerta con tanta fuerza que podría derrumbarla, se levantó casi inconcientemente y tambaleó un momento antes de abrir la puerta.
- Joven, ¿está bien?
- Si Jorge, lo siento… me duele demasiado la cabeza, estaré bien… creo que mejor voy a ducharme.
Jorge asintió como aprobando la idea de un baño y se fue.
Cerró la puerta cuidadosamente pues el dolor de cabeza era tan intenso que escuchaba hasta sus pies descalzos sobre la alfombra como si estuvieran tocando un bombo, llegó al baño y dejó que el agua llenara la tina. Algo en ese momento lo hizo tambalearse y caer al suelo del baño. Su mente enferma paría dos nuevas imágenes.

Imagen Tercera

Se alejaba de la puerta de la universidad y sonreía tranquilamente, se cruzaba con las mismas caras del mismo día a la misma hora y se acercaba al paradero como lo hacía todos los días. Un hombre estiró una lata hacia él pidiéndole colaboración pero estaba concentrado en la música que sonaba en sus oídos, no se había fijado… ¿Era una lata de lucha contra el cáncer?, creía que aún faltaba para eso; pero pensó en su madre… había estado yendo a verla cada vez que podía pero ya había pasado una semana desde la última vez que la había visto. Hoy la vería, estaba decidido. Subió al micro que lo llevaría cerca de su madre; mientras se sentaba sintió como el micro arrancaba y veía a la gente pasar a través de la luna. En algún lugar el conductor decidió chocarse y sintió como su cabeza rebotada en la luna e hiriéndolo en la ceja, la sangre entraba a su ojo derecho y no lo dejaba ver. Alguien le alcanzaba una mano.

Imagen Cuarta

- Tú no perteneces aquí –le decía la chica que ya veía por tercera vez, estaban los dos acostados en una cama mirando el techo gris de ese sucio hotel. El se levantó, no tenía polo, y caminó hacia la ventana; desde ahí podía ver como la ciudad le susurraba todos sus secretos: locos, enanos, ciegos, prostitutas, todos ellos tenían algo que contarle y su plan estaba concluyendo. La sociedad estaba naciendo y sabía que iba por buen camino, lo seguían ahora, era una voz que debía ser escuchada y su arte era bueno para ellos; solo ella no entendía, solo ella quería despertarlo del momento de gloria y la odiaba por eso, pero la quería porque aún permanecía cerca de él.
- No debes cerrarte al dolor –le dijo con una voz suave que le recordaba a su madre, a ese cariño incondicional.
- Jódete –dijo él.

Ahora todo empezaba a tener sentido para él. El golpe en el micro debía haberlo hecho cambiar y hacer que desaparezca dos meses entre la ciudad, que conociera tanta gente y su vida cambiara. Pero no tenía sentido, esas cosas no pasaban y esa chica parecía saber más de lo que él podía recordar. Se concentraba más en el choque, pero quería saber como la había conocido, quien era. Se desvistió y entró al agua fría sin ningún estremecimiento, lo relajaba; pero así no era él, él odiaba el agua fría.

Imagen Quinta

-No tenemos agua caliente joven, por tan poca plata mensual no lo esperaría tampoco…
- Cuestión de acostumbrarme.
Estaba en la entrada del hotel que había recordado antes, odiaba que no hubiera agua caliente pero sabía que todo esto no duraría mucha y podría irse a algún lugar mejor… tenía fe en lo que iba a lograr.
- ¿La señorita viene con usted?
Fue recién en ese momento que se percató que ella estaba ahí.
- No –respondió ella- estoy buscando un lugar donde quedarme, estoy muerta…
- ¿Viaje largo? –le preguntó él.
- No te imaginas –dijo ella sonriente.
- Para usted joven el 203, señorita el 204…
- Parece que seremos vecinos.
Beto sonrió y cargó su pequeña maleta azul para subir las escaleras e internarse en su cuarto. Mientras abría la maleta empezó a llorar sin poder contenerse, su alma estaba rota y cuando pudo controlarse vio que la chica lo observaba desde la puerta.
- ¿Puedo pasar?

Sobresaltado, sacó la cabeza del agua fría. Sin perder tiempo se baño, intentó arreglar su pelo, comió dos panes, se cambió y cogió el primer carro que lo llevara cerca a la plaza San Martín. Sabía que hotel era ese, lo había visto la primera vez que había ido al centro de Lima y siempre había soñado que, si fuera un artista bohemio, iría a vivir a ese lugar. La pregunta era, ¿porqué había tomado esa repentina decisión? Mientras subía al micro y sentía ese pavor que probablemente le había dejado el choque iba recordando más cosas, ahora era con el mismo camino que venía recorriendo.

Imagen Sexta

Mientras la mano extendida lo extraía, por una abertura que él no reconocía, intentó recordar lo que había pasado. El chofer había cruzado la luz roja y un camión había impactado al lado derecho, un hombre había muerto. Media hora después le decían que estaba bien, solo había sufrido un leve corte en la sien (leve un carajo, pensó él, si sangro como mierda) y debían evacuar a los más heridos. Confundido entre tanto grito y con puntos en la ceja subió a otro micro. No consideraba nada de lo que había pasado como una señal, pero decidió que apenas llegara a su casa iría a visitar a su mamá. Mientras esperaba que el ascensor llegara se tambaleó un poco y en la puerta del departamento colapsó.

Mientras las calles se hacían, cada vez más, infinitas, empezó a asociar ideas. Recordaba ahora todo claramente, había colapsado en la puerta y, probablemente, se levantó como alguien diferente. Todo le sonaba a un mal cuento de blog, pero era parte de la fantasía de la vida que no habría creído jamás poder vivir. El micro se detuvo en una esquina y el descendió. Quilca se extendía frente a él, el pasaje que lo llevaba a la zona que su cerebro prefería mantener a oscuras. Empezó a andar…

4/28/2008

Volumen 2 (Capítulo 2)

Capítulo 2: Amigos / Grandes letras en latín

“…y la señal que hay en la pared te prohíbe envenenar a los inmortales para no perder el tiempo.” –Beto F.

(Tengo una razón personal para el silencio
Y no pienso compartirla)

Han invadido los jardines
Han mutilado mi hogar
¿Qué cálida matriz me recibirá
ahora que no hay nada más que contar?

Aves de cielo, de ventana y de jaula
Observan, observan, observan
Quién sabe si nos defenderán
Cuando haya necesidad

Echado en el jardín, y cubierto por la sombra de los árboles, Beto descansaba con los ojos fijos en las ramas y en los diminutos rayos de sol que entraba entre las hojas (una que otra ave sobrevolaba o daba pequeños saltos cerca de él, picoteando el suelo).
Las voces continuaban a su alrededor, Kevin y Mick jugaban ocho locos con las cartas dobladas y desgastadas del CF, Ramón leía para su control de Fe y Cultura Actual.
- Ese cura está loco –dijo Ramón.
- Tú lee nomás oe –le dijo Mick sin apartar los ojos del juego.
- ¡Juega burgués! –le dijo Kevin y Beto sonrió sin que nadie lo notara.
- ¿A qué hora tienen clase? –Beto les preguntó.
- Cuatro –respondieron casi en coro.
- Chucha…
- Tú también, ¿no?
- Es historia, nunca voy a esa clase… es malísima.
- Yo nunca voy a antro
- Y aunque vayas es por las huevas Mick, igual vas a jalar
Ramón y Kevin sonrieron. Beto observó su reloj, era la una de la tarde y su estómago ya imploraba comida en leves, pero profundos, gruñidos.
- Hace hambre
- Comete ésta
- Esa huevadita no llena ni a las moscas
Se levantaron del jardín casi grisáceo.
- Como me han cagado la jato –dijo Beto mientras se limpiaba las hojas del pantalón.
- No entiendo para que tanta sonsera –dijo Kevin.
- Hay más gente –dijo Ramón.
- ¡Cachimbos! – dijo Mick
- Vamos a rotondear, a ver que especie nueva encontramos por ahí –sugirió Beto-, de paso que dejamos las cartas.
Pasaron entre las máquinas dispensadoras y subieron por las escaleras a la izquierda, caminaron hasta lo que sería el nuevo cafetal y bajaron a la rotonda.
- Voy a dejar las cartas –dijo Mick.

La rotonda se perfilaba como el área común de la facultad de letras. Adornada con un árbol en el centro y un cartel de “prohibido pisar el jardín”, minada por los leves rayos de sol de un otoño que ya empezaba y casi desierta por la hora elegida. El sheriff observaba al nuevo grupo desde el segundo piso.
- Mierda, esto está más desierto…
- Es la hora, vamo a comer.
- Dale, de paso le hacemos el encuentro al gordo huevón.


Y la luz volvió a cubrir el cuerpo desnudo de la diosa de la noche.
Todos estaban observándola sin poder respirar.
Uno a uno iban muriendo los espectadores.
Uno a uno caían, se retorcían y expiraban.
¡Muerte a la bruja que ha traído la muerte a nuestras vidas!
Los hombres agitaban los brazos con furia, golpeaban sus piernas.
Las teas encendidas espantaban la belleza de la diosa.
La sombra de su cuerpo era tan hermosa como ella y el fuego no podría acabar con ella.
Todos abandonaron la guerra.
Pero no dejaron las armas.
Ese día murió la magia de la noche con el amanecer de los hombres
Se construyó un templo, al que llamaron palacio de gobierno.
Adoraron la ley y el respeto.
El control y la paz.
La libertad controlada.
Los señores ajustaron los ojos de los hombres para que no sean descarrilados más.
Nos dieron el arte para entretenernos.
Nos dieron al poeta para divertirnos.
Nos dieron un pintor para distraernos.
Nos dieron un cantante para endulzarnos.
Nos dieron un escritor para educarnos.


Luego de la insistencia de todos su amigos, Beto tuvo que cancelar su pasaje y perder así 80 soles (que les sacaría en cara cada vez que quisieran cobrarle algo).

El calor en Trujillo era soportable si usabas ropa cómoda o si era de noche y la brisa fría de las calles deshabitadas llegaba a tocar alguna parte de tu cuerpo.
Paolo se había mudado ahora a la casa de playa que tenían en Las Delicias, y había llevado a Beto también. Beto caminaba con el torso desnudo y sus lentes de sol por la playa con un nuevo cuaderno bajo el brazo, se sentaba y escribía todo lo que quería y se le ocurría.
- Es el renacimiento de un poeta –le había dicho a Paolo cuando éste acompañó a Beto a buscar un cuaderno.
- Otra vez al hueveo –le contestó Paolo.
- Jajaja.
- ¿Y ahora, adónde vamos?
- Vamos a la feria del libro, fácil me consigo un buen libro por cinco soles.
- Ta madre…
- Lee oe, ignorante. Expande tu cultura.
- Tengo que estudiar broder, no tengo tiempo para poemas.
- Mira, Poesía Completa de Javier Heraud.
- Me suena.
- Sí, lo vimos en literatura el último año.
- ¿Peruano?
- Sí, el que lo mataron en la selva.
- Ah, ése.
- Mira, Las flores del mal de Baudelaire. Me llevo estos dos.
- Como gastas en huevadas.
- No son huevadas. Espera voy a pagar.

Mientras esperaba en la puerta de la tienda, Paolo observaba la Bolívar libre de tráfico. En menos de un año el centro de Trujillo se había descongestionado con la apertura de dos centros comerciales en los extremos de la ciudad que habían descentralizado a la gente. Una señora pasaba con su carretilla vendiendo huevos de codorniz (ocho por un sol), un hombre avanzaba por la intersección con una carretilla llena de fruta ofreciendo cincuenta limones por un sol y otra señora estaba recostada contra la pared con la mano extendida y con un niño durmiendo entre sus piernas.
- Dichoso aquel que puede con ala vigorosa lanzarse hacia los campos luminosos y serenos. Y cuyos pensamientos como unas alondras, en los cielos de la mañana toman el libre vuelo, que planea por la vida y sin esfuerzo entiende el lenguaje de las flores y de las cosas mudas.
- ¿Qué es eso?
- Baudelaire.
- Interesante –dijo Paolo sin apartar los ojos de la señora.
- Me compré un CD también.
- ¿De qué?
- Creedence Clearwater Revival, el Cosmo’s Factory.
- Nunca he escuchado.
- Hoy lo escucharás.
Beto también vio a la señora en la esquina, se acercó y le puso el dinero que le había quedado.
- Que gran corazón Beto –le dijo Paolo- compras libros, discos y el vuelto para ella.
- Bueno, le daría lo que compré. Pero no lo apreciaría.
- ¿Entonces que gana ella?
- El dinero de nuestro pasaje.
- ¿Qué?, ¿y cómo regresamos?
- Caminando.
- ¡Puta madre Beto!
- Está bien que el cuerpo sufra, pero no la mente. Vamos caminando y de paso te leo unos cuantos poemas.
- ¿Tenemos que caminar hasta allá?
- Creí que querías ayudar a esa señora. Talvez no le hallamos ayudado a pagar una casa, pero vas a sufrir un poco de lo que ella sufre.
- Genial.
- Se llama justicia poética.

- ¿Y qué tal Trujillo? –le preguntó Kevin mientras Beto los observaba comer.
- Verdad –dijo Mick –nos ha contado nada de tus vacas.
- Ya pasaron cuatro meses gordo, tu pregunta es demasiado tardía –respondió Beto.

La muchedumbre de gente se movía a través del tontódromo, diferentes caras y diferentes miradas. Algunos caminaban con lentes, otros con la mirada en el cielo, algunos mirando al frente, uno que otro mirando a todos lados buscando a quien saludar y muchos con la mirada en el suelo, cansados.
- Displicentes y convencionales –dijo Kevin
- Sandro Venturo… de nuevo ese huevón –dijo Beto.
- Peor dentro de sus cosas, había algo cierto –dijo Mick.
- Calla, calla… gordo burgués –dijo Kevin
- Puede ser –dijo Beto –pero lo he tenido todo un semestre hasta en la sopa. Y no me parece que Haya de la Torre sea comparable a Mariátegui…
- Acepta tu realidad, norteño aprista –le dijo Kevin

-¿Porqué demoraron tanto? –les preguntó el papá de Paolo
- Porque Beto es un alma caritativa.
- Ya esta la mancha adentro –les dijo.
- ¿Todos? –preguntó Beto.
- Sí, creo.
Entraron a la sala y encontraron a todos ahí. Beto los fue nombrado mientras los saludaba.
- Gordo, estás más flaco que antes, pero sigues siendo el gordo –le dijo Beto a otro muchacho con ojeras y con grandes cachetes que estaba parado.
- Chino, borracho de mierda –le dijo a otro que era delgado y pelucón –encima de chino, negro. Tienes la naturaleza en tu contra.
Todos rieron nuevamente.
- El ponja –le dijo a Beto a otro que también era delgado y pelucón, pero de cabeza cuadrada.
- ¡Negro! –le dijo a otro que compartía su color de piel. Simuló que iba a abrazarlo pero se apartó haciendo que todos rieran nuevamente.
- Conchudo –le respondió el negro.
Luego de las introducciones, el Chino dijo:
- Ya, dilo. Ahora sí estamos todos.
- ¿Decir qué?
- El grupo de los…
- No, no. Ya no digo eso, eso era cuando era chibolo.
- No pues. Tienes que decirlo.
- Dale Cochinada, dilo –le dijo Paolo.
- Ya pues Beto –le dijo el Gordo.
- Ya, ya –dijo Beto.
Tomó aire y luego dijo, entrecortadamente:
- El grupo de los…, de los…, de los…
Tomó más aire y se acercó a la oreja del Gordo:
- ¡AMIGOS! –gritó con la voz más aguda que pudo.
- Puta madre Beto –le dijo el Gordo.
Rieron nuevamente.
- Bueno, que planes hay –dijo el Chino.
- El Chino quiere comer seguro –dijo el Ponja.
- Hambrientos de mierda –dijo Paolo.
- Tienen razón broder, hace hambre. ¿Ya ta la parrilla? –dijo Beto.
- Fuera mierda, tu comes al último por hacerme caminar desde el centro hasta acá –le respondió Paolo.
- A la mierda –dijo el Negro- ¿se han venido caminando?
- Floro, solo hasta el óvalo Grau. Después un broder nos jaló hasta acá –dijo Beto.
- Pero igual me cansé –dijo Paolo.
- Es porque estás gordo –le dijo el Ponja.
- Ya japonés de mierda, no te pases de vivo –dijo Paolo.
- Ya, ya. Tranquilos –dijo el Chino –la falta de comida nos pone así.
- Jajaja, ya está hablando huevadas –dijo Beto.
- ¡Ya está la comida! –gritó la mamá de Paolo desde la cocina.
El Chino fue el primero en sentarse en la mesa.

- La otra vez tuve vivencias demasiado irreales en el micro –dijo Beto.
- Sí, sí las leí – dijo Ramón.
- Yo comenté –dijo Mick.
- ¿De qué hablan? –dijo Kevin.
- Es una técnica que usa el narrador de esto para hacer que los personajes rompan la pared que divide al lector de mi historia y hace que entremos en juego con él… -dijo Beto.

Todos se quedaron en silencio, Beto a veces hablaba demasiadas huevadas.

- ¿Creen que sea posible el cambio? –una chica se había acercado a ellos con volantes en la mano.
- Depende dónde –dijo Beto.
La chica no entendió y siguió repartiendo los volantes y hablando:
- Somos una nueva lista del CF, queremos hacer un cambio…
Las palabras entraban a Beto pero resonaban en el vació y salían hechas mierda, era como si le hablaran de cosas sin importancia… como alguien intentando explicarle la métrica de un poema.
- Bla, Bla, Bla… gracias por el papelito, gracias por la información y todo –le dijo Beto.
Todos lo observaron un buen momento, la chica se fue callada y Kevin le dijo:
- Oe, que chucha te pasa on…
- No sé… me estaba irritando.

La fuerza del desierto es un imán para la especie.
¿Cuántas veces nos hemos sentado ante la sombra de un árbol a contemplar como los demás mueren de sed?
La lluvia no los va a salvar.
La brisa no los va salvar.
Algún día tendremos que estirar la mano para tocar lo que no queremos tocar.

Me he vestido entre los algarrobos,
he dormido entre las dunas,
he convivido entre reptiles
Y he dejado que mi piel se evapore por completo.
Nunca antes me había sentido parte de lo que me rodea.
Nunca antes me había sentido tan diferente a ti.

Nos deslizamos por la carretera bajo la mirada atenta y hambrienta de animales que esperan carne humana.
Van a alimentar sus sueños con nosotros.
Los asesinos de la carretera.
Los superiores, los dioses de la tierra. Esos somos.
Van a sentir nuestra débil mano retorciendo su cuello.
La tierra se evapora.
La arena vuela.
Tendido al sol como una lagartija.
La sangre se calienta, la piel arde.

Ya nadie sueña como antes.


Mientras el sol dejaba de iluminar tenuemente la avenida y los faroles se encendían, Beto salía de la universidad. Dejando atrás esas grandes letras en latín.

4/04/2008

Volumen 2 (Capítulo 1)

Capítulo 1: Un Día De Conciencia Social

"Aún cuando sueño veo la misma mierda de la realidad. ¿Dónde podemos, ahora, escondernos?"

Luego de cuatro meses, y con la misma expresión en la cara, Beto se levantó con el susurro de las alas de alguna ave anónima que cruzaba frente a su ventana.

Camino Real seguía igual, con su ruido de tráfico y sus voces confundidas por el estruendo. Lima seguía igual. A pesar de ser verano los amaneceres eran fríos, grises y húmedos.
- La misma huevada de siempre –dijo observando el movimiento de una calle, que nunca dormía, desde su ventana en el octavo piso.

El día que salió del departamento sin ningún tipo de expectativa fue un viernes. Se vistió con un pantalón corto, unas zapatillas algo maltratadas y un polo rojo que había usado el día anterior.

Cruzó la calle de siempre y se detuvo en la esquina de siempre.
El periodiquero ya no estaba ahí, una mujer ocupaba su lugar.
- Disculpe, ¿el señor? –preguntó Beto quitándose los audífonos para poder escuchar la respuesta.
- Ta enfermo –le respondió la mujer.
Los dos se miraron un buen rato y Beto no sabía que más decir, ni siquiera sabía como decirle para que le mande sus saludos. Así que solo atinó a seguir su rumbo.

Cruzó nuevamente la otra esquina de siempre y se detuvo en el paradero de siempre.
Las tiendas de Conquistadores ya habían abierto pero el movimiento era aún lento, los carros transitaban fluidamente y a lo lejos se divisaba el carro que lo llevaría.

Volvió a escuchar las mismas palabras de siempre y a volver a ver a, probablemente, el mismo cobrador de siempre.
- Javier Prado, cincuenta, Marina, Marina… ¿habla vas?
Beto hizo ademán de entrar al micro y el cobrador se pegó a la puerta para dejarlo pasar.
- Dale, dale…

Subió el micro como siempre lo subía y se balanceó un poco hasta que su cuerpo volvió a adaptarse a ese leve tambaleo. Levantó la mirada y vio rostros grises en contraste con el hermoso sol que aparecía en el cielo gris.
- A lo mismo –dijo para sí mismo mientras el micro se detenía nuevamente.

La voz excesiva de Janis Joplin, dulce y fuerte en una extraña combinación, no lograba contener el ruido de vida en la Javier Prado. Peatones, motociclistas, micros, taxis, ticos; todo entremezclado de una manera caótica pero hermosa… ¿hermosa?, parece que después de todo, Beto, se había acostumbrado a la mierda diaria que le daban mezclada con la vida ordinaria. Ya hasta pensaba como literato limeño obsesionado con su ciudad gris y enorme.

Conforme el carro avanzaba entre el lento tráfico, las escenas típicas de toda ciudad aparecían frente a sus ojos. Un hombre sin un brazo subió lentamente el micro y tuvo que abrazarse de la cabeza de una señora para no caerse cuando el micro aceleró repentinamente.
- Señores pasajeros… –comenzó el nombre recitando lo que era su mantra laboral y forma de vida -soy un hombre que se gana la vida de manera honrada…
Beto intentaba adivinar las palabras del hombre antes que éste las diga, de vez en cuando acertaba.

El hombre se bajó dos cuadras más allá entre la indiferencia de las personas, tropezó al momento de bajar y unos cuantos caramelos cayeron al suelo. Solo entre la multitud de personas levantó sus caramelos lentamente. Levantó la mirada y vio otro micro que se dirigía a él, levantó su mano buena para que el micro se detenga, pero este pasó de frente.
- ¡Conchatumadre! –le gritó a la polvareda que se alejaba de él, y en silencio se sentó en la vereda para sentir sus bolsillos vacíos.

A la izquierda de Beto habían dos chicas vestidas igual: faldas rojas y camisas negras; aparentemente de alguna academia. Las dos hablaban animadamente.
- Jorge me ha dicho para salir –dijo una.
- Ya pues, ¿no era que te gustaba? –le dijo la otra
- Si pues, pero no sé. Me han dicho cosas de él…
- ¿Cómo qué?
- Ay, cosas pues…
- Pero qué cosas pues tonta.
- Es que son habladurías…
- Entonces porqué las crees
- Es que no sé…
- Dime pues amigui…
- Ya, ya, ¿te acuerdas de Giselle?
- ¿La morenita?
- Ajá…
- Ya, ¿qué tiene?
- Tiraron y nunca más la llamó…
- Pero ella que se deja pues…
- Es que le dio trago y todo
- Ah, pendejito es…
- Sí, me da miedo.
- Pero no seas cojuda pues, si tú no quieres no pasa nada
- ¿Y si me pasa igual que a Giselle?
- No… Giselle es perraza, seguro que quería y se hace la loca…
Aunque el volumen de la música estaba al tope, Beto no pudo evitar escuchar la historia de Jorge y la chica a la que se tiró y no llamó. Sonreía, entretenido por lo banal de la conversación.
Las chicas se bajaron antes de empezar la Marina. Esa noche la chica salió con Jorge. Como quién no quiere la cosa, luego del cine y el tranquilo paseo por jardines oscuros, ella terminó en la casa de él. Él le ofreció algo de tomar, música y unos bocaditos. Ella fue violada antes de las doce y luego a la una y treinta de la mañana (cuando Jorge terminó de saciar su apetito sexual), se levantó asustada, confundida y horrorizada por lo que le había pasado. Dos semanas más tarde se suicidaría según un periódico de esos que cruzamos todos los días sin fijarnos, acostumbrados a las tragedias.

Un vendedor de galletas subió mientras las dos chicas bajaban. En su manos colgaba una bolsa enorme, transparente, con todas las galletas que algún pasajero podría necesitar.
- A ver, galleta chaplin un sol, galleta chaplin a sol, wafer de vainilla, galleta de coco, menta, lleve a un sol, a un sol…
- Aquí señor…
- Flaco…
- Galletas, galletas
Vendió tres galletas chaplin y una de soda (que le compró Beto ante la falta de desayuno).
Ese día el hombre terminó de vender casi toda su bolsa y regresó feliz a la casa de su madre luego de casi tres horas de viaje en micro. Cuando se bajó del carro y dio tres pasos, cuatro tipos lo rodearon. Lo amaneraron, lo golpearon y le cortaron la cara para poder llevarse los quince soles que había ganado ese día. Los únicos que se enteraron fueron los vecinos y dos policías en la comisaría. Los policías escribieron el parte y luego llegaron a sus casas a regañar a sus hijos por nuevamente salir a robar aún teniendo el buen ejemplo de padre (que trabaja todo el día y ve a sus hijos el fin de semana).
El hombre, desfigurado, regresaría a trabajar luego de un mes. Cuando los tipos intentaron hacerle lo mismo, acuchilló lo que vio y lo que pudo. El enfrentamiento dejo tres muertos: el vendedor de galletas, el hijo del policía y un viejito que pasaba por ahí.

El cobrador pasaba entre los pasajeros, con la mano extendida y el cuerpo sudoroso, reclamando el precio del recorrido.
- Sol veinte hasta allá ‘shera –le dijo a un hombre enternado que sudaba todo el gel que tenía en la cabeza. El hombre, con el celular en la oreja, rebuscó en su saco veinte centavos y se los entregó al cobrador.
- ¿Medio? –le preguntó a Beto sin mirarlo.
- Sí –respondió Beto enseñando su carnet y entregando un sol.
El cobrador le entregó el boleto verde que decía “MEDIO” y Beto empezó a jugar con el pequeño papel en sus manos mientras intentaba pensar en como sería la vida de ese hombre.
¿Tendría hijos?, ¿Estaría casado?, ¿Dónde vivirá?, ¿Cuánto gana?
El hombre no tenía hijos, tenía un hermano menos que salía todas las noche con sus amigos a romper lunas y conseguir algo de plata, para luego meterse en fiestas del barrio e impresionar a las chicas. Tenía un papá que trabajaba de conserje en el banco de la nación desde hace veinticinco años. Tenía una mamá a la cual visitaba todos los domingos que podía en el cementerio. Tenía una hermana mayor que trabajaba de empleada y a la cual casi nunca veías. Más allá de eso, no conocía más familia. Su papá era de Huancayo y había viajado a la ciudad con la esperanza de encontrar algo más entretenido y lucrativo que trabajar la tierra. Lamentablemente solo encontró la mierda citadina.

Mientras avanzaban por la Marina, Beto observó a través de su ventana una mujer vieja que susurraba palabras a un oyente invisible. La mujer estaba exageradamente arrugada y vestida de forma rara para alguien de su edad (por lo cual Beto se había llevado un gran susto al creer que era una muchacha): un polo al ombligo y un jean a la cadera. La mujer ahora gritaba y gesticulaba al aire que la rodeaba, Beto se iba alejando pero vio como un hombre la cogía y la arrastraba fuertemente por una calle hasta la puerta de una casa.
- Tranquila Mamá…
- Suéltame mierda, quien eres
- ¡Janet!, ayúdame, la abuela se volvió a salir
- Vieja de mierda se sigue agarrando mis cosas
- ¡Más respeto con tu abuela Janet!
- Vieja loca, seguro ha sido puta y se le vienen los recuerdos.

Ahora que el micro estaba casi vació, Beto se fijó en una pareja que se había sentado adelante. Tenían un hijo y tenían menos de veintitrés años. Se notaba que no existía ningún tipo de amor en esa unión, no se miraban y solo interactuaban a través del pobre bastardo que no tenía nada que hacer ahí.
Dos años atrás, cuando aún eran enamorados, decidieron probar eso que se llamaba “la prueba de amor” pero que ahora, comúnmente, llamamos tirar. Todos salió mal y ocho meses y doce días después nació un varón saludable y ordinario como tantos de los que vienen al mundo (sonriente y despreocupado hasta poder escuchar los gritos que se dan sus padres todos los días). Al chico le gritaron y lo sacaron de la universidad, a la chica la botaron de su casa por abrir las piernas antes de tiempo. El chico trabaja en lo que puede encontrar y la chica, con ayuda de su tía, terminó una carrera de secretariado ejecutivo (pero no trabaja).
- Cárgalo un momento –le dijo la mujer. El hombre miraba por la ventana, ignorándola.
- Cárgalo –le repitió. El hombre hizo caso omiso de su mujer nuevamente.
Hasta el momento en que Beto se bajó del carro, la discusión proseguía, de manera acalorada, sobre quién era el más jodido de los dos.

Conforme avanzaban veían más del horizonte que se abría con el sol. Un choque paralizó el tráfico un momento. Cuando el micro avanzó lentamente por el sitio vió lo que había sucedido, vio la escena completa.

Un hombre estaba parado al lado de su carro casi destrozado gritándose con un hombre que tenía la cabeza ensangrentada. La policía aún no llegaba a pesar de lo aparatoso del choque. El hombre ue sangraba lloraba por tener su carro de taxi destrozados mientras el otro hombre llamaba por celular a alguien que lo pudiera ayudar.

Decidió concentrar su mirada a otro lado; pero fue peor: miles de rostros viejos y grises asomaban por las eternas ventanas de los edificios sucios. Mujeres que esperaban algo, hombres desempleados, abuelitas locas, viejas aburridas; todo en una sinfonía incesante que se repetía en cualquier lado de la ciudad. La misma historia contada infinitas veces en las diferentes calles, la misma fotografía observada hasta el hartazgo. La mierda innata, la mierda eterna, la mierda circular; la mierda en todas las formas que se pueda imaginar. Transitando contigo, bajando contigo, subiendo contigo, respirando contigo, durmiendo contigo y comiendo contigo. ¿Hay algo que se pueda hacer?

Con todas esas ideas entró a la universidad. Tuvo las clases que normalmente tenía y luego terminó con un grupo de personas en el hueco frente a la universidad. Con cerveza en la mesa, música coreada por unos cuantos y un olor a cigarro en el ambiente, la conversación fluía libremente entre temas banales y, raramente, profundas reflexiones (como suele suceder cada vez que tomas con un universitario).
Hasta que vino la pregunta.
- ¿Qué tal tu día?
- Extraño, verdaderamente extraño.
- ¿Viste el choque que hubo en la Marina?
- Sí, claro, justo pasaba por ahí. Pero más allá de eso, ha sido extraño.
Todos lo miraban alrededor de la mesa, esperando ese comentario tan conocido en él que los haría estallar de risa.
- ¿Cómo así? –preguntó alguien entre el humo y una canción de Queen.
- Hoy ha sido un día rojo, un día de conciencia social…
Todos rieron, pero nadie entendió.

3/18/2008

Puntos Suspensivos

Gracias a todos los que leyeron este blog en su momento. Gracias a Dios por mi virtuoso cerebro. Gracias a Bryce Echenique por haber escrito grandes obras antes de joderse ahogado en algún licor europeo. Gracias a todos los que saben de que carajo estoy hablando. Gracias a todos los que me conocen y saben que solo estoy jodiendo. Gracias a Rollin por una conversación tipo hablar con un espejo (tiene una forma de hacer que te des cuenta d elas cosas tú solo). Gracias a todos los que se aniamron a decir a último momento que si nos leían. Gracias a los que me amenazaron de muerte y sobre todo gracias a la chica que quería recrear la película "Misery" conmigo.

La finalidad de esta rara historia era satirizar las cosas que uno ve todos los días en la calle presentando un personaje que tiene todo en su contra y casi termina convirtiéndose en una mala novela mexicana de esas que pasan por las tardes en canales nacionales con lamentables y, muy cojudos, finales felices.

La idea original consistía en llenar tres volumenes con trece capítulos cada uno. La numerología en esto es importante. El trece es mi número favorito pues es la suma del seis y el siete, demonio y dios unidos dentro de los seres humanos (talvés estúpido, talvés brillante, preguntémosle a alguno de esos sabios literatos cuya voz y palabra es la biblia de todos los que entendemos). Y tres volúmenes siempre son importantes, un nacimiento, un desarrollo y una muerte. Pero, mi mente cuando se aburre empieza crear idioteces que pierden el principal sentido que esta historia tuvo y, lamentablemente, no pudo mantener.

No puedo continuar con la historia porque siento que necesito empezar nuevamente desde cero. Y eso lo que planeo hacer.

Hace un par de dias esta entrada tenia otro nombre y hablaba del final de Beto Fiazko, el final vendrá pero a su debido momento. Solo necesito un tiempo para poder recapacitar las cosas y Beto necesita dejarse de huevadas y dejar de intentar ser feliz por el bien de todos los lectores.

Gracias a todos los fans, si es que en algún momento tuvimos, o tendremos, uno... (sobre todo él ams que yo, de alguna extraña manera)

Pronto volveremos con algo nuevo, esperen sentados.

Diegho V
Beto F